Hace pocos días estaba hablando con un amigo sobre temas cotidianos de la vida como es la educación de los hijos, y de repente me dijo:
“Pues eso no es lo que tú pensabas hace poco”.
Lo importante no fue la reflexión, sino el tono. Porque se deducía cierta reprobación en su comentario.
Y esto es muy habitual, porque nos han enseñado culturalmente a que hay que saber mantener los criterios, los objetivos, las opiniones, que son enseña de carácter firme e ideas claras, además de merecer la confianza de otros porque soy un valor seguro (ya que siempre pienso así).
De hecho, en el idioma castellano hay multitud de palabras para definir a quien modifica su manera de pensar y a raíz de ello sus actos (y no son precisamente lindezas):
Esquirol, chaquetero, vendido, voluntad débil, no tiene criterio, donde digo digo digo Diego, traidor, poco fiable, sin carácter, etc. etc.
Hubo un tiempo que yo pensaba también así.
Pero hoy no.
Porque me he dado cuenta de que todos tenemos derecho a cambiar de opinión cuando queramos.
La clave es: ¿Por qué cambiamos de opinión?
Por la sencilla razón de que tenemos nueva información.

Los cambios personales suelen venir de vivir experiencias que nos dan una potente nueva información.
Es muy frecuente en el mundo del autoconocimiento que uno vaya a un curso, se dé cuenta de muchísimas cosas y por ello cambie criterios y actitudes y cuando vuelves a casa un comentario sea:
– No pareces el mismo
– Pero que te han hecho
– Tú te has metido en una secta
– Etc. (posiblemente te habrá pasado)
Hoy pienso (recuerda que no hablo de la verdad, sino de mi verdad) que la sabiduría pasa por saber cambiar de opinión cuando la información de la realidad te da otra visión de las cosas.
Pero hay dos claves cruciales para ejercer este derecho con plenitud:
1. Asumir que los otros no han cambiado ni tienen esa nueva información
2. Y sobre todo, y englobando la anterior, asumir las consecuencias del cambio de opinión como una responsabilidad de uno mismo.
Solo atreviéndonos a cambiar de opinión cuando toca podemos ejercer la libertad de acercarnos a vivir quien somos.
La aceptación de la realidad es la clave para vivir una vida funcional, y no distorsionada, y eso pasa por estar dispuesto a no saber que voy a pensar mañana (en mi caso ya lo aviso siempre: Esto es lo que se me pasa por la cabeza hoy, porque la semana que viene no sé que habré aprendido o experimentado).
Es una gran responsabilidad asociada al nivel de integridad, y supone valentía para hacerlo (en mi caso hay muchas veces que me doy cuenta, pero no me atrevo por miedo, solo que ahora me pasa menos que antes a base de practicar 🙂
Y ahora, ¿Qué sientes que debías hacer o pensar diferente hoy fruto de tu nueva información pero no te atreves a hacer?
¿Cuál es el primer sencillo paso que vas a dar mañana por la mañana para ir hincándole el diente a esto?
Un gran abrazo y ¡buen Camino!
Josepe
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